In: Opinión

 

La Alcaldía Gustavo A. Madero, que lleva el nombre del hermano de Francisco I. Madero, ambos célebres revolucionarios, ocupa una de las zonas históricas más emblemáticas de nuestra ciudad. Entre sus múltiples cerros, como el del Sombrero, el de Guerrero o Santa Isabel, sobresale el Tepeyac, sitial de la Virgen de Guadalupe, cuya aparición conmemoramos cada 12 de diciembre.

En tiempos prehispánicos, el Tepeyac fungía como recinto para diversas deidades femeninas; como menciona Fray Bernardino de Sahagún, en la región adoraban a Tonantzin, la ‘Madre de los dioses’. Tras la conquista, el culto a la Madre, en sincretismo con la herencia ibérica, dio paso al rito guadalupano que hoy conforma nuestro acervo espiritual.

El renovado fervor impulsó el desarrollo urbano en esa área, patentando el indisoluble pacto entre la esperanza y el desarrollo productivo sobre el que se funda cualquier proyecto de nación. Posteriormente se convirtió en un pueblo que recibía a los peregrinos en su visita al santuario de la Virgen, y en donde se levantaría, en 1709, el Templo Expiatorio a Cristo Rey. Este edificio se hundió y no fue sino hasta el siglo XX que se edificaría la basílica actual, tan representativa por sus ‘mantos’ o ‘carpas’, alusivos a la feminidad. Un siglo después, en 1857, se inauguraría la primera línea de ferrocarril que conectaba la Ciudad de México con la Villa, aunque ya Fray Bernardino describe las peregrinaciones al Tepeyac como una práctica regular entre las comunidades de la región desde el siglo XVI.

Este día, marcado en 1824 por el Congreso como fiesta nacional, celebra a la Madre del Cielo –espejo de nuestra identidad– y da inicio a las verbenas decembrinas hasta bien entrado el año nuevo. Hace una semana visité la Basílica para quedar maravillado por el dinamismo que emana del compromiso de millones, el centro al que volvemos con agradecimiento y del que partimos con la intención de ser y hacer lo que debemos a la gracia. El legado histórico y espiritual del Tepeyac no solo acuna nuestra expresión cultural, sino también una colorida economía local, que encuentra en las peregrinaciones su faceta más distinguida.

Como ciudadanos y empresarios, damos una efusiva bienvenida a los peregrinos, quienes, a lo largo del camino de estandartes y trompetas, anuncian con música y cantos los deseos y promesas que convergen en el epicentro capitalino. Su visita descubre para nosotros la ciudad, mientras animan espiritual y económicamente un indiscutible referente de la nacionalidad, latiendo como el corazón de la Alcaldía Gustavo A. Madero.

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